Preaching the blues

De los inagotables talentos de Hugh Laurie ha brotado también un gran disco de blues, Let them talk (2011), altamente recomendado. Grandes versiones de inmortales clásicos del blues (¡el piano en St James’ Infirmary es maravilloso!).

Ya en su anterior álbum, Tell ‘Em What Your Name Is! (2009), anunciaban estar listos para grandes desafíos (tengo un cariño especial por la pieza Humpin’ de ese disco). Ahora, su nuevo disco, Scandalous (2011) es música de la buena de principio a fin. De allí proviene Livin’ in the Jungle, y otros temazos como She’s so Scandalous y el genial cover del clásico de Ivory Joe Hunter, Since I met you baby. 5/5 para este disco.

Borges, Russell, Dos Libros

Y por eso prefiero la información en el estado más prístino posible, libre de ripios e inyecciones arteras, intencionadas. Quiero que el núcleo de la noticia sea el hecho, lo ocurrido, sin especulaciones de ningún tipo, sin injerencias de todos los “comunicadores” que se interponen entre el hecho y nosotros los receptores de la información. Esto, lo admito, es sólo un ideal. El observador es un componente esencial del hecho (remito al gato de Schrödinger): unos muchachos salen a la calle con los bolsillos llenos de piedras a protestar porque no tienen agua ni luz en el liceo o se agrupan en plazas de España o acuden semidesnudos a una tienda que acierta en extravangancia y ardid publicitario; si nadie observa y comunica estos hechos simplemente puede asumirse que jamás ocurrieron. El hecho, desprovisto del observador, es un gato en una caja: puede estar vivo, puede estar muerto. En esta acción de observación y comunicación irreversiblemente se entrometerán los prejuicios, experiencias y convicciones del observador-comunicador. Así, la información prístina es una utopía, pero en todo caso queda establecida mi predilección por lo que más anhele o intente parecerse a esta utopía.

Dicho esto, se justificará el recelo que guardo a las columnas de opinión en la prensa de todos los días. Y como muchos de los diarios a los que tengo fácil acceso están contaminados de opinión hasta en lo inopinable, resulta comprensible, creo, mi revisión somera y a veces inexistente de tal prensa. No me repugna que casi siempre estas opiniones se erigen en tribunas para el odio y el egoísmo, o ansían y se obsesionan con la solidaridad del lector, o tributan la estupidez, o nada aportan a la solución (como ejemplo de lo infructuoso de las opiniones fijarse, por ejemplo, en este párrafo), porque, al parecer, funciona así desde la primera vez: todos opinamos incluso si a nadie le importa nuestra opinión. No obstante, lo que me resulta casi aborrecible es el gran titular que supuestamente ofrece información en el estado más puro posible, y sin embargo sólo me informa sobre las tendencias particulares del directorio editorial: puro veneno. Con los años, y a fuerza de ponerse el gorro CIP (Crédulo, Ingenuo y Pendejo) para luego desencantarse, uno aprende a, más o menos, defenderse contra estas intrusiones, estos artificios de la des-comunicación. Así como ellos filtran, el lector también debe aprender a filtrar, a entender que por lo general la premisa más importante es la que no se menciona. La sabiduría Borgiana advierte sobre este asunto en “Dos Libros” (Otras Inquisiciones, 1952). Luego de comentar el apasionamiento político de un libro de Wells, Borges aprovecha unos ensayos de Bertrand Russell:

Let the People Think es el título de una selección de los ensayos de Bertrand Russell. Wells, en la obra cuyo comentario he esbozado, nos insta a repensar la historia del mundo sin preferencia de carácter geográfico, económico o étnico; Russell también dispensa consejos de universalidad. En el tercer artículo – “Free thought and oficial propaganda”- propone que las escuelas primarias enseñen el arte de leer con incredulidad los periódicos. Entiendo que esa disciplina socrática no sería inútil. De las personas que conozco, muy pocas la deletrean siquiera. Se dejan embaucar por artificios tipográficos o sintácticos; piensan que un hecho ha acontecido porque está impreso en grandes letras negras; confunden la verdad con el cuerpo doce; no quieren entender que la afirmación: “Todas las tentativas del agresor para avanzar más allá de B han fracasado de manera sangrienta” es un mero eufemismo para admitir la pérdida de B. Peor aún: ejercen una especie de magia, piensan que formular un temor es colaborar con el enemigo… Russell propone que el Estado trate de inmunizar a los hombres contra esas agüerías, y esos sofismas. Por ejemplo sugiere que los alumnos estudien las últimas derrotas de Napoleón, a través de los boletines del Moniteur, ostensiblemente triunfales. Planea deberes como éste: una vez estudiada en textos ingleses la historia de la guerra con Francia, reescribir esa historia desde el punto de vista francés. Nuestros “nacionalistas” ya ejercen ese método paradójico: enseñan la historia argentina desde un punto de vista español, cuando no quichua o querandí.

El sucesor de ese párrafo tampoco elude el brillo, la elocuencia o la erudición:

De los otros artículos, no es el menos certero el que se titula “Genealogía del fascismo”. El autor empieza por observar que los hechos políticos proceden de especulaciones muy anteriores y que suele mediar mucho tiempo entre la divulgación de una doctrina y su aplicación. Así es: la “actualidad candente”, que nos exaspera o exalta y que con alguna frecuencia nos aniquila, no es otra cosa que una reverberación imperfecta de viejas discusiones. Hitler, horrendo en públicos ejércitos y en secretos espías, es un pleonasmo de Carlyle (1795-1881) y aún de J. G. Fichte (1762-1814); Lenin, una transcripción de Karl Marx. De ahí que el verdadero intelectual rehuya los debates contemporáneos: la realidad es siempre anacrónica.

Los que protestan, los que fueron a la tienda, yo mismo escribiendo esto, usted leyéndome… realidades que empezaron a forjarse tiempo atrás. No puede ser de otra forma: así marcha el mundo porque una inteligencia divina lo entreteje todo o porque acaso Babilonia no es otra cosa que un infinito juego de azares.

Vasilisa the Beautiful

Vasilisa (Ilustración de Iván Bilibin).

Hoy leí Vasilisa the Beautiful, un cuento popular ruso. Excelente, me gustó. Puede leerse aquí y una versión ligeramente distinta y más simple aquí. El camino hasta el cuento partió del encuentro casual con una ilustración de la bruja llamada Baba Yaga. Posteriormente, tratando de informarme más sobre esta bruja que desconocía llegué a este cuento del cual Baba Yaga es un personaje importante. Creo que el cuento apareció compilado por primera vez en el libro Russian Fairy Tails, una compilación de cuentos rusos realizada por Alexander Afanasyev. Es una historia muy buena, un cuento de hadas, una especie de cenicienta rusa. Fiel a varios estereotipos, encontramos en este cuento a la protagonista bella, virtuosa, querida, y también a la madrastra y hermanastras perversas. A la maldad de éstas sumemos el horror del bosque y sus personajes siniestros, principalmente originado en la bruja Baba Yaga. La atmósfera del cuento en cierto punto se inunda de las corrientes frías y aterradoras tan típicas de muchos cuentos  infantiles… corrientes del terror que con frecuencia me han hecho pensar que esos cuentos infantiles de infantiles tienen poco. Además de estos terrores, en varios pasajes se nota que Afanasyev no ha olvidado al lector adulto al momento de presentar la historia: el cuento incorpora metáforas complejas, descripciones rurales, esbozos agudos del tema premio-castigo.

Hay una parte del relato que quiero destacar, parte de una charla entre Vasilisa y Baba Yaga:

“I spoke not,” Vasilissa answered, “because I dared not. But if thou wilt allow me, grandmother, I wish to ask thee some questions.”

“Well,” said the old witch, “only remember that every question does not lead to good. If thou knowest overmuch, thou wilt grow old too soon. What wilt thou ask?”

Relación interesante entre knowing y growing old. Porque conocimiento significa poder, pero también antigüedad. Juventud, poder, sabiduría; tesoros no necesariamente compatibles.

Mayo

Salió un zagal con su pastora bella,
con un ¡ay!, con un ¡eh!, con un ¡ay!, ¡qué placer!
Los trigos a pisar con leve huella,
En el mes de las flores, el dulce mes de amores,
Cuando las aves cantan sin desmayo:
Es grato al pecho amante el mes de mayo.

Como Gustéis (canto en Escena III), Shakespeare.

Mayo, los 30 años, j’ai pas le temps d’avoir trente ans, primer aniversario del blog, los regalos maravillosos, las comedias de Shakespeare, la liga azulgrana, y la inesperada llegada de un libro que anhelaba desde mis años en el liceo. Y el trabajo, en volúmenes indiscretos pero apacibles, desafiantes pero para mi entera complacencia. El trabajo y el fútbol han consumido muchos de mis espacios en estas semanas previas. Debo sobre todo al Barcelona y al Real Madrid la ingesta de algunas calorías imprevistas, y el nacimiento de numerosos análisis y expresiones decentemente impublicables. Emociones pero y sobre todo; esperaba más aunque; tacaño el juego a veces; en fin. La vida, más allá de las fronteras personales, parece conservar las mismas alas y las mismas piedras. La vida sigue igual (Julio Iglexias dixit), al menos en la superficie del agua, hasta donde el vapor de los cañones permite la intrusión de las miradas. No veo que haya cesado la rencorosa envidia que carcome al Occidente, no veo la sublimación del hombre a través de su propio ideal de humanidad, no es el hambre punzante sólo un recuerdo, sigue lloviendo sobre mojado en Oriente Medio, en América Latina, en el Norte que es o quiere ser todos los puntos cardinales. Comentando sobre Oriente Medio, particularmente prefiero ser cauto; creo que somos muy apresurados en nuestras evaluaciones de los “cambios”: remueven a una élite del poder y se pasa a un júbilo merecido pero que tal vez soslaya la certidumbre de que con frecuencia esas élites han alcanzado el poder por movimientos que, salvando las distancias históricas, equivalen a ésos que ahora mismo las deponen. Y ese ciclo de recambio de las élites y pervivencia del conflicto ha subsistido durante siglos y siglos. Es probable que tengan que pasar varios años antes de poder juzgar con propiedad si realmente un movimiento popular ha producido un cambio real y significativo en el sistema. Muchas veces sólo se le cambia el disfraz, pero sigue siendo la misma bestia. Y es en esta turbulencia (esencial y propia de los sistemas dinámicos como éste por cuyos hilos fluyen nuestras vidas) donde todo sigue igual.

Pero, cuando los peros son afortunados y bienvenidos, está y estará la fe. Habla por un pueblo, y por la humanidad toda, su fe. Por encima de las chimeneas industriales y las balaceras del progreso, por encima de las máscaras y de los cipreses resquebrajados por los grises cristales de hidrocarburos, está la fe. La fe en la vida, en querer alcanzar una humanidad esquiva pero posible. La fe, que es lo que más me informa sobre la naturaleza humana. La fe, revestida de sonrisa infantil, de mirada brillante, de labios altivos, de manos y sienes surcadas por la sabiduría. Y es a esta fe a lo que encomiendo mi fe.

No todo es fútbol. Está también, gracias a Dios, Shakespeare (y resulta muy pertinente recordar the Kafkian appeal). Francamente me gusta más Noche de Reyes que Como Gustéis, que La Tempestad e incluso más que el Mercader de Venecia. Además del Barça y de Shakespeare, vivimos la alegría de un libro nuevo, esperado durante años, con el cual me encontré (como presentía que iba a suceder) por pura casualidad. Un libro que me encanta, y cuya lectura a los 14 años fue una grandísima fortuna. Pero otro día hablaré de él.

The Browning Version

De Anthony Asquith. 1951. Como la mayoría de las películas de Asquith, es la puesta en pantalla de una obra de teatro, en este caso, la homónima The Browning Version, de Terence Rattigan. El argumento, en esencia, aborda el fracaso y esperanzadora rectificación final del profesor Andrew Crocker-Harris, en las postrimerías de su carrera. Una presentación muy conmovedora de cómo los grandes sueños de los hombres acaban desvaneciéndose en el camino, conduciéndolos entonces a una mediocre resignación. Al final de la película, sin embargo, aparece una luz optimista, la luz de un hombre que se ha dado cuenta de que siempre hay una oportunidad para el cambio, y para pedir perdón, perdón que en última instancia significa el aceptar perdonarse a sí mismo. La actuación del Sr. Michael Redgrave es magnífica. Muy buena película inglesa.

Nadie acabará con los libros

Lo que nos da internet es, en efecto, una información en bruto, sin distinción alguna, o casi, sin control de las fuentes ni de su jerarquización. Ahora bien, todos necesitamos no solo verificar sino también dar sentido, es decir, ordenar, colocar nuestro saber en un punto determinado del discurso. ¿Y según qué criterios? Nuestros libros de historia, ya lo hemos dicho, a menudo se han escrito a partir de preferencias nacionalistas, de influjos a veces pasajeros, de elecciones ideológicas que se dejaban apreciar aquí o allá. Ninguna historia de la Revolución francesa es inocente. Danton es una gran figura para los historiadores franceses del siglo XIX; por doquier se le dedican grandes estatuas. Luego cae en desgracia, acusado de corrupción y Robespierre, el incorruptible, sostenido por historiadores marxistas como Albert Matthiez, vuelve a estar en auge. Consigue que le dediquen alguna que otra calle en los barrios periféricos comunistas, e incluso una estación de metro en Montreuil-sous-Bois. ¿Mañana a quién le tocará, ¿qué pasará? No lo sabemos. Necesitamos, por lo tanto, de un punto de vista, o por lo menos de algunas marcas, para acercarnos a este océano tumultuoso del saber.

Jean-Claude Carrière respondiendo en el capítulo La venganza de los filtrados.

 


Nota: Un libro magnífico, de ésos cuya lectura me cuesta suspender. Básicamente es una transcripción de charlas entre Jean-Claude Carrière y Umberto Eco. Además de los comentarios mordaces, contiene multitud de referencias a libros, pinturas, películas. La edición incluye unas fotografías excelentes. Recomendado para todos los amantes de los libros.