Verdana

V de Verdana

Cuando yo tenía 16 años, una de las asignaturas que cursaba en la facultad era “Laboratorio de Física”. Si recuerdo bien, el curso encuadraba en el segundo semestre de Informática. La profesora proponía una discusión teórica importante, amparada en un desfile de unidades SI, leyes de Ohm y Kirchhoff, simplificación de redes, etcétera. Sin embargo, fiel a su nombre laboratorista, la asignatura era decididamente práctica: trabajábamos con resistencias, conductores, interruptores, y nos debatíamos entre el multímetro analógico y el digital. La profesora abordaba estas teorías con notable entusiasmo (hasta donde resulta posible el entusiasmo con estas cosas), y el técnico que nos instruía en el apartado práctico se esforzaba por corresponder con los hilvanados teóricos. Sólo el horario me resultaba objetable: las clases ocupaban los primeros espacios de la tarde, y en esas horas, recién completado el almuerzo y extrañada la siesta, lo menos que provoca es atender a las relaciones entre la intensidad, el voltaje y la resistencia. Sin embargo, aquello era miel en contraste con algunas materias realmente aburridas que cursaría algunos años después: desde las 2 pm, con exposiciones interminables sobre temas absurdos; uno termina aprendiendo la utilísima habilidad de dormir con los ojos abiertos.

Insistiré en mis 16 años para tratar de justificar lo que diré a continuación. Cuando uno es joven y arrogante, sobredimensiona el escaso conocimiento que posee. En aquel entonces yo tenía una computadora con Windows y Microsoft Word. Gracias a tal combinación Windows + Word, llegué a la creencia de ser un macho alfa, especie de Napoleón en la pintura de Jacques-Louis David (Napoleon crossing the Alps). Además de la edad, quizás pueda justificarme el hecho de que mi primer editor de texto fue el viejo y fiel “edit” que venía (y viene) con el sistema operativo de Microsoft. Luego mi corazón adolescente recibió el cariño de WordStar durante la época de liceísta. Y bueno, cuando uno viene de bailar con las feas y se encuentra con una medianamente bonita, surge una atracción casi inevitable.

Siempre he sostenido que la emoción del primer beso sólo es comparable con la que sientes en ese otro momento mágico en el que descubres la Nutella. Pero a esas emociones se acercaron muchísimo las cosas sentidas en aquel instante en que desplegué la lista de fuentes: Arial, Comic Sans, Courier New, Times New Roman, System, Verdana, el Paraíso. Como en el tema de Rubén Blades, aparece la lista de fuentes “y el tipo se cree un James Bond”. Entonces, en el primer trabajo de “Laboratorio de Física”, debuté con Verdana. Aunque siempre atiendo mis contenidos con la mayor de las prioridades, no negaré que en aquel trabajo estaba encandilado con mis “habilidades” para la tipografía posmoderna: todo estaba escrito en Verdana, y a mí me parecía el mejor trabajo del mundo sólo por eso. No recuerdo la calificación recibida, pero el número resulta irrelevante ahora. Lo importante es la vividez con la que conservo aquella fascinación mía por Verdana. La primera siempre es especial. Sin embargo, en retrospectiva y con el juicio de la madurez, aquello constituyó una predilección absurda y tipográficamente intolerable para un trabajo de Física. Además, al poco tiempo noté que mi amada Verdana me era infiel: la encontré feliz en los rótulos, encabezados y párrafos de otra gente. Amortigüé el despecho con Arial y Times New Roman, pero todavía tendría que pasar mucho tiempo para que mi camino se cruzara con el amor verdadero (LaTeX); eso es otra historia.

Hace años que no escribo con Word. Y a Verdana, en general, la he reducido a los recuerdos, de los cuales el más claro es éste. Ah, Verdana, vares ser honrada i sincera, i la primera de segona mà[ref]Vares ser honrada i sincera, i la primera de segona mà (Fuiste honrada y sincera, y la primera, de segunda mano) es de la canción La Primera, del disco Per al meu amic de Joan Manuel Serrat.[/ref]. Qué se le hace.